sábado, 17 de julio de 2010

CALDAROLA.


Caldarola es otro más de los pueblos que en conjunto componen la región de Marcas. Como todos ellos, está ubicado en un entorno privilegiado por su belleza y gobernado, en lo alto de una pequeña colina, por un más que bien conservado castillo.

Comenzamos la visita al pueblo por la plaza principal, la que te recibe, la que se convierte en paso obligatorio, en antesala de lo que queda por ver. Se encuentra en ella una de las iglesias de este pueblo y está semipeatonalizada.
Las gentes del lugar nos miraban con curiosidad, quizás porque en este sitio, aunque precioso, el turismo aún no se ha dejado caer, y eso mismo es lo que lo convierte en un rincón encantador.

Iniciamos la subida a la parte alta del pueblo por un callejón de suelo empedrado donde la ropa ondeaba colgada de una cuerda en la misma calle al alcance de cualquiera que pasara por allí. Los niños jugaban libres, sin tener a ninguno de sus progenitores pisándoles los talones, como cuando yo era pequeña y la calle no ofrecía los peligros que la inundan en estos tiempos. Esas risas infantiles haciendo eco en los callejones, no tienen precio, y eso, todavía se puede encontrar en Caldarola.

En la parte alta, al final de una más que empinada calle, se desembocaba en una tranquila plaza donde no faltaban ancianos sin prisa que disfrutaban del momento, de la charla, de la fresca, de la curiosidad creciente por el extraño que pasa y hace fotos.
En las paredes, se podían leer las misas programadas en memoria de aquellos vecinos que se fueron para siempre, algo muy típico en Italia, con la foto del difunto bien grande, para que no se olvide que existió, que también paseó su mirada por la población, que dejó fluir sus pasos por las calles, a veces perdidos, a veces decididos.

Iniciamos la subida al castillo. La verdad es que no andábamos con prisas, porque el lugar requería ser saboreado, deleitarse en las pequeñas cosas que daban forma a las esquinas, en pequeños detalles que las miradas fugaces harían inapreciables.

Esta empinada cuesta de la foto, conducía directamente a la puerta de entrada del castillo. Aún permanece conservada como antaño, cuando la subida se hacía sobre los lomos de algún caballo. Eso sí debía de ser un espectáculo, lo del "señor" cabalgando camino de su "casita". Quizás no fuera como yo imagino, porque es fácil que mi mente esté contaminada por los cuentos de la niñez, pero la imaginación es fantástica precisamente por eso, porque es libre, porque inventa, porque sueña, y la vida sin sueños sería mortal, sería como vivir sin sentir los latidos del corazón, vivir sin sentirse vivos, vamos, una pesadilla.

La casa de arriba mostraba sus ventanas pintadas con figuras de antaño. Estaba abandonada, pero no por ello descuidada.

Al llegar a la base del castillo, las vistas no tenían desperdicio. Los tejados en tonos rojizos hacían contraste con el verde horizonte. Se divisaban los extensos campos que rodean la población, campos de girasoles, nuevamente, también otros campos de cultivo junto a algunas pequeñas zonas boscosas.

Abajo, podeis ver uno de los campanarios. Me trajo el recuerdo de Vetusta, la ciudad de "La Regenta", cuando las campanas rompían el silencio del lugar y llamaban a sus habitantes a reunión en el punto clave, la iglesia, que era el centro de todo, el lugar alrededor del cuál crecía el pueblo y se desarrollaba la vida. Eso aún permanece en los pueblos pequeños donde el cura tiene todavía su importancia y el sonido de las campanas comunica mensajes a quienes los saben interpretar.

Las casitas de Caldarola, tienen como todas las que vi en la región, las contraventanas típicas en madera pintada de distintos colores que a mí tanto me gusta y que hace que el lugar sea diferente y único, es como un sello.

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