
En cuanto traspasamos las puertas se acerca a nosotros una mujer, con su pelo canoso, su bata, su collar de perlas y nos dice todos los piropos que se le ocurren.
- ¡Qué hermosa eres!, ¡pareces una reina!.
- Señora, ¡usted si que es una reina!.
Me regala una sonrisa sincera, de esas auténticas, y aprovecha para contarme sus penas, porque está deseando hablar, con quien sea, aunque sea una desconocida.
En los pasillos es difícil que alguien no se acerque a darte conversación.
Un señor que me parece muy elegante, me anima a leer un poema que hay colgado en un rincón del tablón de anuncios. Un poema que sale de las entrañas de un hombre llamado Diego, en el que le describe a su mujer, Mercedes, los momentos que han compartido juntos hasta el día de hoy. En esa poesía le hace memoria, le recuerda el momento en el que le dijo:
-Mercedes, yo te quiero.
Y Mercedes le contestó:
-Diego, yo a tí también.
Tuvieron después de esto cuatro hijos, y ahora viven juntos la vejez recordando aquellos tiempos en los que los cuerpos no flaqueaban, ni dependían de los demás.
Con un nudo en la garganta y la humedad empañando mi mirada, me doy la vuelta para decirle al señor que me ha mostrado el escrito, que sí, que es realmente precioso. Él sonríe y me contesta: "ya te lo decía yo". Se marcha apoyándose en el bastón con una sonrisa en la comisura de los labios. Entonces pienso que quizás sea Diego.
En la planta de arriba hay una señora que se llama Maruja, parece muy coqueta con sus uñas pintadas de rojo. Me sonríe cuando paso por su lado, y en cuanto se despistan las cuidadoras coge un puñado de galletas para repartirlas entre sus compañeros, y va y viene, y va y viene, del carro de la merienda a la sala y viceversa, galletas en mano, riéndose de su habilidad. Aprovecha que puede andar, el resto no puede hacer lo mismo.
La siguiente sala es especialmente dura. Un lugar donde más de una persona debería sentarse para aprender una gran lección de golpe.
Los gritos retumban en los rincones de la habitación. Llantos sin control. Miradas que no miran. Ojos ausentes. Cuerpos que se atrofian, almas que se apagan. Me parece que el mundo entero gira a mi alrededor, como una sentencia, como un despertar a la cruda realidad. Veo un resumen de muchas vidas en todos esas miradas que se clavan en mí. Surgen de las voces palabras sin sentido que flotan en el aire, sin respuesta. Algunos ya no hablan, ni andan, ni te devuelven la sonrisa. Me parece que la vida es cíclica, que al final de la misma se vuelve al principio. Lloran cuando ven el reparto de la merienda para que no se olviden de que están , que siguen respirando y necesitando alimento. Hablan en voz alta para describir sus vidas pasadas. Hay una mujer que está en su casa buscando a su hermano, otra con la vecina de enfrente, una hace la comida, otra discute con el marido...ocupadas todas, alzheimer devorando la memoria del presente, quizás mecanismos de defensa en algunos casos, para volar, para ausentarse de la realidad.
Me cuesta digerir lo que estoy viendo. La tristeza se descuelga en cada pliegue de la piel, como compañera inseparable de la vejez. La soledad late en las miradas. Me imagino esa vida de todos los días igual, deambulando por los largos pasillos, con el aire viciado, con ese panorama atroz, difícil de digerir. Me dice un residente que el que no está majara, se vuelve.
Cuando me voy, sale a despedirme el señor del bastón, el que pienso que es Diego, y me sonríe, con una sinceridad absoluta, con un brillo en los ojos que no creo que pueda olvidar, llena la mirada de recuerdos y el corazón buscando la luz de la esperanza.
Foto:Aquí.





















