
Vivimos rodeados de tentaciones. Se presentan todos los días en nuestras vidas, nos provocan, nos incitan, a hacer lo que se supone que no debemos de hacer, a comer lo que se supone que no debemos de comer. Dicen que las tentaciones las provoca el mismísimo diablo, y nosotros, hemos de mantener férrea nuestra voluntad a acceder, obedecer o no, aceptar o no, hacer o dejar de hacer y decir o dejar de decir.
Los días de frío, viento y lluvia, se presenta la tentación de ponerte el pijama, enrollarte en una manta morellana y disfrutar de una buena película tumbada en el sofá. Ayer, yo misma tuve esta enorme tentación, los sentidos querían abandonarse al placer de no hacer nada salvo contemplar caer la lluvia a través del cristal. Si hubiera cedido a esta debilidad, no hubiera acudido a mi clase de inglés, y hoy, esta foto que veis arriba no existiría. Es la prueba de que vencí mi momento de flaqueza, gané la partida a la voz que me tentaba a no acudir a clase, hubo un pulso y salió vencedora la tenacidad.
Mientras esperábamos la llegada del profesor, las tres alumnas comentamos haber sentido durante toda la tarde la misma tentación, la de no acudir. Después, se hizo un silencio y centramos nuestra atención en lo bonito que estaba el naranjo borde con sus frutos brillando tras haber sido mojados por el agua que caía del cielo. Este pequeño detalle, cobró importancia, y por eso hoy, tenemos este post, vencimos a la suculenta tentación, ¡que no es fácil!. ¡Feliz finde!

















