miércoles, 5 de octubre de 2011

LA DESPEDIDA.


Una sensación extraña nos invadía el terreno, el lugar ese que todos tenemos rodeado por un pequeño muro, una parcelita privada en algún recoveco del alma y que pocas personas traspasan.

Flotaba en el ambiente, se notaba, estaba a flor de piel. Nos costaba hablar de que la experiencia había llegado a su fin, y eramos conscientes de que había sido mucho más intensa de lo esperado, creo que para todos, había llegado a la parcelita, había saltado el muro y se había colado en el corazón.

Era nuestra última puesta de sol y decidimos cenar en la terraza, para empaparnos de cada segundo mágico de la luz sobre el mar, para hacer más inolvidable todavía el momento.

Se escuchaba la música de fondo, las risas, las charlas entre unos y otros. Unos hacían la cena, otros bailaban y otros íbamos haciendo intercambio de direcciones, grabando en la memoria la estampa del mar en calma, el olor a sal.

Tras la cena, Kevin repartió los diplomas del curso y ahí empezó a brotar la sensiblería.

Todos recibimos una foto preciosa de las que Kevin tomó por la mañana a las marsopas, excepto Pedro, que tuvo el honor de recibir una foto alucinante de la "minke whale" saltando.

Llegó mi turno, recogí mi diploma y mi foto, miré a mis compañeros y vi a Sirkka llorando por la emoción, así que, me apunté al carro de la lagrimita fácil.

Sirkka lloraba, yo lloraba, otros reían de nuestro llanto, Kevin quitaba importancia al asunto..., en fin, muchas emociones juntas, muchos momentos intensos, muchos recuerdos, una experiencia increíble en todos los sentidos, fue inevitable que nos desbordáramos.

Por fortuna, Kevin es un experto en hacer que la gente se divierta y nos invitó a bailar la polca, ¿habeis bailado alguna vez la polca?.

Unas breves explicaciones y dimos rienda suelta a la pasión...

Nos lo pasamos pipa.



Ya veis a Pedro totalmente entregado a tal misión.




Tras la polca y el baile de cortejo de la época medieval, nos dieron una sorpresa. Fuimos recibiendo regalos mientras nos pasábamos la pelota, cuando paraban la música la persona que tenía la bola tenía que quitar una capa de papel, y allí estaba su recuerdo, que tenía que ver con alguna anécdota de las que habíamos compartido.



Pedro recibió las "woolly goats", y ya veis, estaba feliz con ellas.






La noche terminó junto al fuego, con Kevin tocando la guitarra, charlando y comiendo "marshmallows" semiderretidos.

Hasta aquí la aventura, llegó a su fin, aunque me queda escribir dos post muy especiales. Fue sin lugar a dudas, una despedida perfecta.


martes, 4 de octubre de 2011

EL TWISTER.


Hice bien en despedirme de los delfines porque no los vimos más. De nuevo, la sobrepesca dejó el agua llena de ausencias. Al menos, vimos marsopas, numerosas aves, entre ellas los "Puffins" o frailecillos, y muchas focas curiosas.

Viajamos en una dirección distinta, hacía Gardenstown, y los paisajes no tenían desperdicio. Pequeños islotes verdes, llenos de fauna, desviaron nuestra atención de la ausencia de cetáceos. Sobre todo, las focas, tumbadas y tomando el sol, mirándonos, persiguiéndonos, asomando la cabeza en mitad del mar.

Visitamos una cueva, uno de esos milagros de la vida que ni te puedes imaginar que existe. Fue toda una aventura adentrarse en un recoveco hecho en la piedra, en la parte baja de un acantilado.

Me enamoraron las focas, daban ganas de lanzarse al agua con ellas, eran adorables, me tenían fascinada, aparecían donde menos lo esperabas y veías sus cabecitas redondas rompiendo la línea que definía el horizonte.

Comimos en el mar y Kevin nos llevó a visitar unos rincones de ensueño que no habíamos visto todavía. Con unas aguas celestes, transparentes, donde se podía apreciar el movimiento de un montón de seres vivos que campaban a sus anchas.

Ahora os voy a explicar lo del "twister" que convirtió este día en el primero del resto de mi vida.

El mar estuvo en calma durante toda la mañana. Por la tarde, fuimos a Gardenstown con la lancha, era la primera vez que lo hacíamos, y allí nos esperaba Isabel con la cámara de fotos para que pudieramos tener algunas de recuerdo mientras estábamos todo el equipo en la barca.

Mientras estuvimos en Gardenstown, el tiempo pareció ir cambiando, pero al abandonar el pueblo, el mar continuaba en calma, una calma extraña, no sé muy bien porqué, pero calma al fin y al cabo.

Iba conduciendo Pedro cuando, de golpe y porrazo, observé como si el mar se levantara, y no sé si esto lo explico bien, pero fue algo así, un subir y bajar más rápido de lo normal, no eran olas, aunque se parecía. Ahí empezó a dispararse mi adrenalina.

Kevin viajaba en la parte trasera de la lancha, y al observar como el mar daba un giro en su comportamiento, comenzó a dar instrucciones a Pedro, y yo, mientras, sólo veía que aquello subía y bajaba a un ritmo que no era normal, que empezábamos a parecer una pluma, aunque en realidad somos menos que eso, estábamos, a mi parecer, a merced de la inmensidad de las aguas del mar.

Kevin se puso en marcha y tomó el mando de la lancha, ahí dejé de entender el inglés, y empecé a buscar recursos de mis escasas nociones de supervivencia. ¿Cuando se tenía que abrir el chaleco?, ¿cómo se sale de un remolino?, ¿sirve de algo luchar cuando todos los factores indican que estás perdido?¿y andar contracorriente?.

Estaba en mi "twister" particular, mental diría yo, cuando Gena empezó a reir, Kevin se puso a "leer las olas", y allí, todos, menos yo, empezaron a divertirse. Literalmente, dábamos saltos en el aire, terminamos empapados y yo creyendo que era la hora de morir...vamos, pensamiento positivo.

Así que, me senté entre Kevin y Pedro y pensé que si era el final, al menos habría que disfrutarlo.
Fue espectacular el juego con el mar, como un cortejo, como un romance, como una lucha colosal. La situación estuvo controlada en todo momento, pero claro, en mi imaginación no había control alguno. Me veía chiquitita, sin nada que hacer frente a la furia y bravura de las aguas alborotadas.

Luego todo eran risas cuando les conté la cantidad de cosas que se habían pasado por mi cabeza. Creía que era la hora de morir tragada por un remolino del mar, y eso convirtió a este día en el primero del resto de mi vida. Terminamos aquí la jornada, cuando las aguas se calmaron, dieron un respiro a nuestra embarcación y nos fuimos a puerto.

Arriba, Troup Head visto desde la parte baja. Cientos, miles de aves anidando en sus paredes. No se aprecia en las fotos pero es uno de los sitios más increíbles en los que he estado.

Esta fue nuestra última salida, y como vereis en las fotos, no dejamos de disfrutar.

Fueron unos momentos los que viví en las aguas de la costa de Moray Firth, que me completaron un poco más, mudaron mi piel, me hicieron crecer, aprender, sentir, vivir.

Puede ser que todos veais a la misma persona en mi, pero es que, a veces, los cambios no son visibles. Todo evoluciona, sigue su camino, se transforma, te transforma.

Sería muy aburrido no cambiar, sería, de hecho, antinatural. ¿Habeis visto a algún niño crecer y conservar la misma forma?.

Cambiar da miedo. Nos aferramos a los recuerdos, nos aferramos a lo que conocemos, tememos que toda la falsa seguridad que nos rodea se transforme, porque eso supondría cambio, y el cambio nos aterra. No soltamos, sólo estrechamos, no fluimos sino que queremos controlar todo lo incontolable, y eso hace que cerremos puertas a vivir nuevas sensaciones, nuevas experiencias.

El "twister" no fue un "twister", pero lo viví así, y pensé que eso era un volver a nacer, una nueva oportunidad. La realidad es que nuestra vida no estuvo en peligro en ningún momento, menos con un experto como Kevin al mando, pero en mi mente se dibujaron fantasmas y entendía que hay que disfrutar, liberar tensiones, ser como un río, lo que digo siempre, abrir las manos, soltar y fluir, fluir, fluir...

Buscando el norte, de nuevo, me encontré, sin mapas, sin brújula, me traje en la maleta cosas que no se ven y que tampoco caben. Estoy agradecida por los pequeños momentos, por los grandes, por los encuentros fortuitos o no con otras formas de vida, por los regalos que la naturaleza una vez más me ha ofrecido.




Estas dos fotos son de Kevin. Esta foca no pudo resistir la tentación de acercarse a la lancha a ver quienes eran esos que invadían su terreno. Preciosa, ¿verdad?.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

DE MINIEXCURSIÓN.


El tiempo pareció cambiar conforme las horas pasaban. Por la tarde, estábamos todos juntos en el salón, leyendo, y un agradable silencio era dueño del momento. Levanté la mirada hacía la ventana ubicada justo enfrente de mí y di un grito de emoción que hizo que todos corrieran hacía ella: Dolphins!!!. En efecto, no habíamos salido al mar, pero ellos vinieron hasta Gardenstown para exhibir sus saltos justo enfrente de nuestra casa.

Aquel momento fue muy especial para mí, porque a pesar de que teníamos prevista una última salida al mar, ya no confiaba en que los volvieramos a ver. Me di cuenta de que eso dependía de muchos factores y podían no darse las condiciones propicias para un avistamiento, así que, pegada a la ventana, me despedí de ellos a mi manera. Feliz porque saltaban, nadaban libres por las frías aguas del mar del norte de Escocia, y al mismo tiempo, triste, porque no sabía si volveríamos a tener un reecuentro. Esos segundos fueron mágicos, era como si supieran que estábamos allí. Se deleitaron practicando saltos justo a 500 metros frente a nuestra ventana, un momento que jamás olvidaré y que nadie podrá arrebatarme, un momento que me dibuja la sonrisa y también la nostalgia.

En una colina que formaba un acantilado, justo al lado de la playa de Gardenstown, se divisaba una vieja iglesia, en ruinas, que según nos dijeron tenía mil años y acogía junto a sus paredes centenarias, un pequeño cementerio que con Dirk como compañero de camino, decidimos visitar.

Esta excursión nos permitió ver el pueblo desde otro lado, también con panorámicas preciosas.

Subimos hacía la iglesia rodeados por un silencio inquietante. Era extraño no escuchar ese día las risas de los niños mientras chapoteaban los pies en el agua. Allí, se bañan con traje de neopreno de tan frío como está el mar, y algunos más osados se atreven a sumergir sus cuerpos con la piel al descubierto, mientras que nosotros, los mirábamos admirados y envueltos en una chaqueta de forro polar.

A pocos metros de la iglesia, hay una casa con unas vistas privilegiadas sobre el acantilado. Mi primera impresión fue pensar que estaba abandonada, pero Pedro y Dirk me convencieron de que no presentaba ningún síntoma de que eso fuera así, más bien al contrario. Me recordaba a las casas de las películas de terror, siempre dominando las alturas de una montaña, alejadas de la civilización, envueltas en un misterio indescriptible, casi espeluznante. La casa era preciosa, pero tenía algo que me impedía soñar con vivir en una igual, era la sensación, quizás la soledad que la rodeaba o la ubicación junto al cementerio, quizás las flores marchitas colgando de su verja, el caso es que no la hubiera elegido para vivir. Fue una gran ayuda en el escenario de la excursión, dió su puntito al momento.

En mis viajes he visto cementerios que parecen un canto a la vida, y también cementerios que me estremecen. Éste formaba parte del segundo grupo.

Quizás fuera por ser domingo, los domingos siempre son días raros, pero las sensaciones allí dentro no me permitieron estar demasiado tiempo paseando entre las viejas losas de piedra.

Eso es lo que pasa cuando no dominas tus pensamientos, que te transforman el sentir. Te invaden y te cambian el registro. ¡Había tantos niños!. Vale que antes la muerte infantil era muy habitual, pero a mí me pareció una tortura ver las inscripciones antiguas, grabadas con el alma por unos padres que dedicaban palabras hasta a cuatro de sus hijos muertos, unos tras otro..

Me pregunté donde estaban esas almas. Todas aquellas personas que pasaron por allí y que el tiempo borraba en el recuerdo de los que les sobrevivieron. Algunas tumbas eran del año 1700, ¿quedaba alguien en el mundo que recordara su paso?.

Todas esas incripciones, esos mensajes de te quiero, de no te olvidaré, de te echamos de menos, hicieron mella en mi corazón. En aquel lugar que estaba unido a la muerte, había, sin embargo, mucho amor. El amor que lo es todo. Todo tiene su final menos el amor, que permanece, que se queda flotando en el universo, jamás desaparece. Te mueres y te siguen queriendo, y cuando se mueren los que te quieren, el amor continua, porque es lo que eres. Al final de la vida, creo firmemente que sólo te llevas el amor.

De nuevo, la mente me manipuló el corazón, y tuve que salir y respirar. Salir y mirar al frente, observar el mar y la vida discurrir en el pueblo, las chimeneas en marcha, algún lugareño paseando por la playa, cogiendo conchas.

Hay lugares que te hablan, te dicen cosas a través de la energía, te transmiten sensaciones que no estás preparada para recibir. A mí, todo ese amor concentrado en las inscripciones de una piedra tras otra me hizo pensar en que, si el amor no muere, siempre nos quedará algo de nuestro paso por la vida, eso que llaman alma volará y tendremos otra forma, pero al mismo tiempo, todas aquellas palabras que expresaban sentimientos de amor de los seres más queridos, rozaban el dolor, así que, todo es una unión, todo es un contraste, todo va en procesión, amor-dolor, día-noche, luna-sol, vida-muerte, choques para poder comprender el valor de cada cosa, para poder apreciar la vida tienes que acercarte alguna vez a la muerte.