
Empiezo el post con las "Coplas a la muerte de su padre", de Jorge Manrique. La copla tres me tocó en suerte en mis tiempos de instituto, me la sé de memoria, probablemente no fuera casualidad que me tocara a mi, el caso es que cuando me siento junto a un río, empiezo a recitar mentalmente esta copla, de ahí el título del post.

Muchos me han preguntado por el contenido del paquete que le preparé a Pedro por su cumpleaños. El paquete contenía cosas materiales y un sobre con un destino muy especial, ya os lo iré contando, así que, estos días, he andando cargándome el alma de nuevas experiencias, que es lo que me traigo cada vez que viajo, cosas que no se ven ni caben en la maleta.

El espíritu que nos impregna a todos, avanza en su camino trayendo en su crecimiento, nuevas oportunidades.
Me senté junto al río Matarraña, cuya agua caía con fuerza por un desnivel. Embriagada por la música que lanzaba al viento una pequeña cascada, absorta mi mirada en la espuma blanca, en las burbujas, en el fondo de las aguas cristalinas, me dediqué a la contemplación, a vivir con intensidad el presente que latía con fuerza, con vitalidad, recordándome lo que soy, gracias a lo que fui.

El croar de una rana que permanecía escondida de mi mirada, llamó mi atención, porque estaba allí, perdida entre los juncos, quizás sentada plácidamente sobre alguna hoja que soportaba su peso.
Busqué la presencia de las nutrias que, esquivas, salen a pasear y a chapotear, probablemente, cuando saben que no van a verse sorprendidas por la desagradable presencia de una humana como yo.

Sentada junto al río, vi correr el agua, moldeando con su caudal las piedras como los maestros canteros hacían antaño con rudimentarias herramientas. Me sentí parte del todo, pero al mismo tiempo, caía en la contradicción de que quizás estorbara mi silueta en ese paisaje, quizás lo menos natural que hubiera en ese entorno y en ese momento, fuera yo. Sin embargo, en la esencia sé que pertenezco a la madre naturaleza, en cuerpo, en alma, en el corazón.
El río corría, avanzaba por su cauce, sin prisa, sin pausa, mientras que yo, sentada junto a su orilla, observaba, aprendía, entendía que, como él, no puedo detenerme, tengo que crear mi propia senda, dejarme fluir, abrir la puerta a las oportunidades, continuar, continuar, continuar...hasta llegar al mar.
















